martes, 4 de marzo de 2014

La muerte

Los que escribimos siempre buscamos la forma de distorsionar la realidad. No es fácil escribir y que alguien te lea, como no es fácil por ejemplo hacer música y que a todos les guste. Yo por mi parte, trato de no exagerar los hechos y hacerlos lo más humanamente sinceros posibles. 
Desde siempre, cuando somos borregos, nos intentan esconder el tema de la muerte. No sé si es porque es un tema traumático en sí, pero cada vez que preguntábamos ''¿Mama? ¿Papa? ¿Abuela? ¿Qué es morirse?'' Nos encaminan a una explicación teatral de como Dios te lleva en su nube mágica de comprensión y amor hacía el paraíso donde nada falta y todos son almas felices. 

Cuando falleció Agustina, intente recordar mi infancia, y imaginar que su pase a la otra vida fué de esa forma. Pacifica y de manera natural. Cuando fué, realmente, todo lo contrario.

Comenzamos por hablar en un chat de Facebook. Era la época donde por más que tuvieses solo dos intereses en común que incluían 1- Greenpeace Argentina 2- Los Simpsons agregabas a la persona por el hecho que te parecía interesante. Así pasó. La agregué yo recuerdo, y teníamos un amigo en común. Una noche que estaba aburrida, intentando buscar algo para leer, o algo para hacer ví que ella se conectó. Tomé el  valor de hablarle, y encaré con un ''hola'' que terminó luego de severas horas con un ''no puedo creer que encontré a alguien que me entiende''. Una cosa llevó a otra, y nos encontrábamos constantemente. Salíamos. Fumábamos. Ella fué la que me enseñó a fumar y la que dejó recuerdos que nunca voy a poder olvidar. Tenía unos ojos verdes profundos, llenos de tristeza, más allá del hecho que ella lo poseía todo (vivía en una casa enorme, hermosa, en San Isidro, donde pasabamos tardes y tardes escuchando música).  
Una tarde, estando juntas, se nos ocurrió la idea de salir a bailar. Éramos dos chicas intentando entrar en un mundo de grandes. Queríamos ir al antro que pareciese más punk y al cual nos prohibiesen la entrada 10 veces. Luego de muchos planes, y muchas frustraciones, lo conseguimos. Nos encontrábamos dentro del espacio-tiempo cómplice de la mala compañía y la muerte del sol. Bailamos juntas. Recuerdo que eras muy torpe para hacerlo y me pisabas constantemente.
Llegó ese momento de la noche donde nos cansamos de ese ambiente hostil cubierto de humo, nos queríamos ir, cuando en un momento un hombre, más bien un chico con barba, te ofreció algo en una bolsita transparente. De un segundo a otro desapareciste de mi lado. Cuando por fin te ví tus pupilas cubrían tus ojos y sabía que iba a tener que llamar a un taxi que nos llevase a casa. Te acosté y suspiré. Estabas feliz. Sonreías. En parte me puso feliz también. Verte sonreír era algo que solo conseguía luego de 10 chistes patéticos y alguna que otra cosquilla para complementar. 
Al otro día te despertarte y corriste al baño-. Te escuché devolviendo la toxicidad de la noche anterior. Sabía que algo andaba mal. Pero después de haber visto esa sonrisa, no podía negarte otra salida. Así pasaron las semanas, los meses. 
Al cabo de un tiempo te volviste distante. No querías ver a nadie. No querías hablar con nadie. Solo te encerrabas en tu cuarto con la música alta y las expectativas de vida en un entrepiso. Pero siempre llamabas. 

- ..... (♪)
- ..... (♪)
- -- ¿Hola?
- Luli
- Agus
- Te amo
- Agus son las cinco y media de la mañana
- ...
- Yo también te amo.

Las conversaciones no duraban más que lo necesario y siempre intentaba alargarlas por que no sabía cuando ibas a querer quitarte la luz. No estaba preparada para perderte. Nunca lo estuve en realidad. 
Hasta que una noche recibí la noticia. 

Jamás voy a olvidarlo.

- (♪)
- ¿Hola?
- Lu, soy Mechi. Tenes que venirte para San Isidro cuando puedas. Y vestida de negro.
- Por favor Mechi
- Perdoname, pero sí.
- ¿En dónde es?
- Te paso la dirección por mensaje

No se necesitaron más palabras. No se necesitaron más que 45 segundos de charla para saber que tu vida había quedado debajo de un tren. No pastillas, no cortes, no sobredosis. No nada. Tenía que ser rápido, poético, teatral, para que las personas te recordasen de una manera violenta y atractiva. Justo como tu personalidad. Cuando llegué al lugar, me encontré con tus viejos. En el fondo se veía un cajón cerrado, muchas fotos alrededor del mismo, flores, esa música que vos odiabas...nunca me sentí tan mal en mi vida. Mechi estuvo atrás defendiéndome con un escudo inquebrantable, pero yo me destruí sola. 

- ¿Qué haces vos acá?
- Vengo a la misa
- No tenes derecho de aparecer. Vos hiciste que cambiara. Ella se tiró abajo de un tren y fué por juntarse con vos, si te queda algo de humanidad, andate antes que te vean.

No deje que Mechi iniciase una discusión. En silencio miré alrededor de ese cajón cerrado, bajé la cabeza y me fuí. Sentí como una estaca imaginaria pasaba por mi pecho, destruyendo lo poco que quedaba en mí. Corrí. Mechi salió atrás mío. Llegó a alcanzarme y grité llorando en sus brazos arrodillada en la vereda.  La escena fué como una novela de J K Rowling. Faltaba la lluvia. Y por supuesto el final feliz. No podía parar de llorar hasta que finalmente cerré los ojos y recuerdo despertar y estar apoyada contra la pared de una casa, con Mechi todavía sin soltarme. Esa misma noche me metí en el medio del espacio que mama y papa dejaban en la cama matrimonial cuando todavía dormían juntos. Mama me sintió y me abrazó. Me preguntó que pasaba. No podía responderle. Solo guarde mis sentimientos en un sobre que más tarde llegué a guardar en en el recoveco más oscuro de mi alma.


Lloré.




El mundo se venía abajo, pero era MI mundo. No podía dejar que nadie entrase en él. Me resigné y me quedé dormida. Deseando no volver a despertar en un mundo donde no estuvieses. Al final comprendí que la muerte es algo momentáneo. Y que hay personas que nunca mueren, porque las mantenemos vivas en el recuerdo. 

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