Recuerdo la primera vez que ví un chico llorar. Era mi mejor amigo en ese entonces, cursábamos juntos el primario y yo nunca estaba a menos de un metro de su persona. No sé qué era lo que me atraía de él. No solo era blanco como un papel, sino que a veces no se podía diferenciar su comportamiento del de un animal. Empezamos a hablar porque una compañera me empujó en el baño y yo me fuí llorando hacia las escaleras, lugar donde pase la mayor parte del primario, cabe destacar. Corriendo al incomparable y prohibido tercer piso, o ''piso de los grandes'' tropecé con un niño de rodillas huesudas y ojos marrones, cubierto en lágrimas. No me animé a preguntarle que le pasaba pero si estaba en ese lugar conmigo no era por tener demasiados amigos. Me limité a sentarme a su lado para brindarle la compañía que le faltaba, sin darme cuenta que él me brindaría la calma que necesitaba. Luego de unos largos 10 minutos de recreo, ambos volvimos al aula. Le dí una servilleta para que secase sus lágrimas y él me dió un tatuaje temporal que llevaba en su bolsillo.
Pasaron dos horas de clase si mal no recuerdo, cuando volví nuevamente a ese lapso de tiempo infernal que se hace llamar recreo. No sentí la necesidad de compañía. La realidad es que estaba muy triste y no tenía muchas opciones. La biblioteca era un antro cerrado con secretarias que mejor no dirigirles la palabra, el patio estaba lleno de nenas saltando la soga o nenes jugando al fútbol con pelotas caseras de papel y el otro patio colmado de personas mayores. Nuevamente ahogada en resignación me dirigí a la escalera, donde me encontré con mi amigo, nuevamente, llorando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada
- ¿Y por qué lloras?
- Porque sí
- Mama me dijo que porque sí no es una respuesta
- Porque me pegaron con la pelota pero no se puede llorar si sos varón
- ¿Por qué?
- Porque sos maricón
- ¿Qué es maricón?
- Cuando sos un varón y lloras es ser maricón
La infancia se presenta como la fase más importante de nuestra vida. Nos inculcan distintos valores, por los cuales nosotros hacemos crecer los propios, como si fuésemos un invernadero de sabiduría. La realidad es que cuando se es pequeño nunca se recibe realmente la verdad. Así como cuando una mascota desaparecía y nos presentaban todo el cuento del cielo de los perros y los gatos que convivían en armonía, los roles del hombre y la mujer, también se volvían un cuento. Descubrir que sos diferente al resto es algo completamente inexplicable. Cuando uno se nota diferente a un grupo del que se es parte, siente como un pequeño timbre dentro suyo, vibrando, sonando, no existen realmente las palabras que puedan describir ese ''algo'' que se estanca en el pecho como un aguijón, pero sí sabes algo, y es que cambiarlo es imposible. Uno jamás puede cambiar quién es.
O sí.
Yo tenía 14 años recién cumplidos cuando la conocí a Ayelén. Ella era una persona no solo abierta, sino que un poco extrovertida, y un poco... diferente. El pelo era violeta, y sus muñecas estaban colmadas de pulseras, qué mas tarde me enteré eran para ocultar sus diversos dibujos en la piel. Sus amigos no eran como los míos. Sus amigos usaban vestidos, sus amigos se maquillaban, sus amigos se llamaban Agustín y Mariana al mismo tiempo. Nunca pensé que me abriría las puertas a un mundo del cual yo sería parte.
La quinta vez que fuí a bailar, fuí con ella y los ''pibes''. Tomamos el tren desde Olivos a La Lucila, eran alrededor de las 11 de la noche. La iluminación callejera cegaba los ojos y el corazón se me aceleraba cada vez que perdía de vista a la chica del pelo violeta.
Llegamos a destino, sus amigos ya estaban al borde del coma alcohólico, yo estaba limpia y ella perdida, como siempre. Caminamos unas 5 cuadras y nos encontramos con una puerta casi oculta en una pared de ladrillos pelados, Aye la abrió y tomó algo escondido en el buzón, a continuación nos hizo una seña y entramos. Pasamos por un pasillo largo sin techar hasta llegar a una especie de lavadero, donde pasamos otra puerta y nos encontramos con un balcón gigante. El mundo se dió vuelta. Perdí la cuenta a los 50 chicos. Rápidamente nuestro grupo se disolvió buscando compañía nocturna y yo perdí de vista a mi única brújula, lo más sensato hubiese sido ir bailar y disfrutar, pero la angustia me tomó de la mano dirigiéndome hacia el lugar más tranquilo que pudiese encontrar, cuando mi otra mano fué tomaba por Ayelén, que olió desde lejos mi próximo ataque de pánico. Me llevó hasta donde estaban los chicos, estaban sentados en puffs rasgados y sucios. Mis pensamientos no salían del radio ''acá me van a matar'' y ''es momento de pensar qué fotos pasables hay en mi Facebook porque soy la próxima noticia de Crónica'' ahí fué cuando Pato, uno de los chicos que nos acompañaba, me dió una lata de Sprite con ''polvito angelical'' como le decía él. Me calmé un poco. A continuación mis sentidos se sensibilizaron y escuché un grito.
ME ENCANTA ESTA CANCIÓN TENÉS QUE VENIR
Pelo violeta me tiró de la remera llevándome al medio del galpón, de fondo sonaba nerdkids y ella no paraba de gritar la canción. No sé si fueron las drogas o fueron sus gritos, pero llegó un momento que necesité tomar algo de aire. Me acerqué a Aye y le comente que iba un rato afuera, a lo que ella casi a todo pulmón gritó ''dale pero no te vayas con nadie''. Salí casi corriendo hasta el pasillo donde apoyé mi cabeza contra la pared y como acto reflejo tiré la espalda contra la misma, sentándome. Estuve unos 15 minutos intentando buscar la manera de sacarme las ganas de vomitar, cuando aparecieron dos personas aspirándose el alma de un beso. La situación llevó mi incomodidad a niveles inexplicables, me alejé como para que no me notasen, cuando me choqué con un individuo de chaleco de jean, pantalones rotos, pelo corto, piercing en ambos lados del labio inferior y altura considerable. Nos miramos, miramos atrás a las dos personas que aún seguían succionándose y nos reímos. Me presenté como Lu, se presentó como Fede. Nos sentamos frente a frente y comenzamos a charlar. Su timbre de voz era bastante delicado y agudo como para ser de hombre. También noté que no tenía barba. Mientras todas estas conclusiones flotaban en mi materia gris, Fede no tardó en notar mi intensión exasperante de hacer la pregunta. Esbozó una sonrisa al sonido del ''está bien, pregúntame''. Mi cara automáticamente se enrojeció y bajé la mirada. Sabía que estaba haciendo una pregunta estúpida para una respuesta obvia, sin embargo no podía no preguntarle ni negarme la satisfacción de la respuesta.
- Dale, preguntame
- Seguramente ya te lo preguntaron mil veces y ya sé la respuesta
- Sacatelo de encima
- ¿Sos hombre o mujer?
Sonreí para alivianar la tensión que pensé estaba provocando.
- La verdad no lo tengo definido, soy Fede y soy Juli al mismo tiempo. No creo que exista algún nombre para esto, pero tampoco quiero saber. Es como un juego viste, te vas cambiando los disfraces. Me gusta pensar que es un juego porque siempre me dió miedo quedar en el medio. Es como estar suspendido en un espacio en blanco.
Aunque decenas de preguntas surgían en mi cabeza, me limité a sonreírle.
- ¿Por qué sonreís tanto?
- Es que, si te digo que un poco te entiendo te reirías de mí, siendo tan confiada con vos misma, digo, confiado, perdón. No estoy acostumbrada.
- La verdad no me molesta. Estoy acostumbrado a esto, y sí, se nota que entendes.
- ¿Cómo que se nota?
- ¿Vos viste como miras? Las miradas no se confunden, Lu. Yo me cruzo con gente que me mira a diario y ya con solo los ojos se nota cuando te desprecian. Ahora explícame ¿cómo es eso de que me entendes?
Nuevamente mi mirada se dirigió directo al piso. No sabía como filtrar todos los pensamientos que surgían como fuegos artificiales y articularlos en palabras. Siempre me costó hablar frente a frente, no por carencia de argumentos, palabras o relatos, sino el simple hecho de hablar me incomoda. Me trabo, me pierdo, repito. Sin un papel estoy prácticamente perdida y una de esas maquinitas para mudos nunca me hubiese venido mal, pero luego de severos minutos de silencio logré reacomodar ese monologo que venía dando vueltas en mi cabeza y que tanto quise compartir con otra persona. Cuando estuve a punto de hablar, una puerta se abrió de manera desaforada, de la cual salió Pato, con Aye llorando en sus brazos. Los miré a ambos, ella estaba completamente exiliada de la realidad y él responsable como siempre la tomó en sus brazos. Era momento de irnos. Abracé fuerte a Fede, y lo saludé como tal. Ya era prácticamente de día, a lo que él respondió: no Lu, soy Juli.
Me dió un beso en el cachete y salimos corriendo con Pato y los demás chicos. Todo el viaje de vuelta reproduje la noche en mi cabeza como si fuese una película.
Tenía que volver a verla.
Ohhh bellísimo Lu (te seguiría pero no encuentro la opción)
ResponderEliminarMuchas gracias!
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