miércoles, 2 de octubre de 2013

Harina en la nariz

No muchos advierten los límites que uno tiene que tratar de no pasar. Así como de chiquitos nuestros abuelos, tíos, padres o hermanos nos retaban si nos queríamos tirar a la parte onda de la pileta, tendrían que ponernos una alarma, un manual, o por lo menos un timbre para decirnos ‘mira, te estás yendo a la mierda’. Algo así me pasó a mi cuando empecé a consumir. No entendía el límite. Y sigo sin entenderlo.

La primera vez que lo hice fue un intento fallido de querer parecerme al resto. Entre las botellas de vodka y la mala compañía uno no siempre puede ser en sí mismo la persona que es. En un entorno de ese estilo menos. Mis amigos tenían camisas leñadoras, remeras llamativas, lentes, sombreros, y bolsitas con polvo reemplazando caramelos en los bolsillos de las camperas de cuero transpiradas. La música alta no te permite pensar bien, y las malas lenguas, tampoco. Decidí que probar no iba a ser ningún problema para mí. Uno siempre espera ser ‘el diferente’. Espera que por tener una educación cara, un par de libros encima, y varios videos de Youtube, va a poder salir de ese pozo, si en su momento llegase a entrar. Claramente nadie espera terminar como esos drogadictos que cambian comida por pepa, sexo por pepa, o su vida, por más pepa.  Siempre se puede soñar. Pero la realidad es que terminas siendo igual de mediocre, ignorante e imbécil que los demás. Solo que con un poco más de clase, y un poco más de ropa.
Ciertamente, el ser humano es inteligente de por sí y sabe que tipo de situaciones le sobrepasan. No fue, mi caso.  

Sobre pasar los límites siempre fue, es y será una idea cautivante para la naturaleza del ser humano. Uno vive queriendo pasar límites establecidos. Pasar los semáforos en rojo, querer a tu mejor amigo/a, contestarle a tus viejos, vestirte de negro, escribir los bancos.

Mi objetivo no era en sí sobrepasar límites. Si no rozarlos, ser igual al resto (o al resto de los cuales yo quería ser parte)

-          Dale probá
-          Estas en pedo Belén, no jodas.
-          Estoy re en pedo Luchita, ahora anda al baño con esto. Despacio. Es fuerte.
-          ¿Para que sirve?
-          Te hace sentir mejor


Recibí un espejito, una pajita de color azul y una bolsa que contenía lo que parecía la muerte en polvo color blanco. Entré al baño, me encerré. Baje la tapa del inodoro usado y asqueroso. Miré las paredes. Miré la puerta. Miré todo. Y por último miré el espejo. Me ví reflejada. Hasta ese momento pensé que se usaba el espejo por su suavidad y su base firme para aspirar. Pero después me di cuenta que en realidad es para mirarte mientras te arruinas la vida. El deseo de ver como te destruis es esencial en la vida del adicto. La auto-destrucción es algo tan lindo que merece ser puesto en escena como si fuese una obra de Shakespeare. Te das cuenta del verdadero concepto de enfermedad. Nadie puede culpar a un enfermo. En esa fase culpas a tus amigos, a tu familia, tu vida de mierda, o tu trabajo. Pero nunca a uno mismo. El enfermo no tiene la culpa de su enfermedad ni de sus acciones. Por que esta así, en otra. Sin elegirlo.  A veces las cosas que más significado tienen las hacemos sin querer. 

Volví completamente fuera de sí con el grupo.

-          ¿Y?
-          No sé
-          ¿Qué no sabes?
-          Cómo me siento
-          Pelotuda pareces Arjona, deja de sentirte culpable que el sol esta por salir y de acá nos tenemos que ir.
-          Hiciste una rima jajaja
-          Por lo menos el sentido del humor lo tenes intacto nena


Llegué a casa cansada. Las piernas me dolían, los ojos me ardían y la nariz me molestaba tanto como mi consciencia. Al otro día volví a hacer lo mismo. Y al otro. A ese le siguió el fin se semana siguiente y para cuando me di cuenta, ya el espejo reflejaba otra persona. La harina en la nariz se hizo una costumbre. Hasta que conocí una forma más rápida y eficiente. Otro tipo de harina. Implicaba una vela, una cuchara, un poco de tiempo, y elementos para jugar al doctor. Solo que esta vez la enfermedad te la podías auto-diagnosticar. La parte sensible de mis brazos no estaba exactamente agradecida de mi torpeza con la aguja. La verdad nunca me gustaron. Me hacían acordar a horas en la salas de espera, al alfajor pedorro que te daban después de 12 horas de ayuno, y las constantes caras infelices de las enfermeras.  Dolía. Pero me gustaba. Sentí un lapso de fervor éxtasis y a los pocos segundos una profunda depresión acompañada de un intenso sentimiento de culpa. No se pueden explicar ese tipo de sensaciones.

Las primeras veces no fueron tan malas. Acompañada y nunca sola fuí entrando a un mundo paralelo. Ese que tus papas intentaron esconderte por tanto tiempo. Poco a poco me convertí en la persona que se odiaría a sí misma de una forma exorbitante y penosa. Es hasta el día de hoy que el dolor en los brazos vuelve con cada inyección de rutina. 

Tarde o temprano tenía que entender que mi vida no era un capitulo de Skins y que la merca no es exactamente el mejor recurso para auto realizarse. Lo entendí bastante bien el día que mi cuerpo decidió hacerme ver lo mucho que le gustaba que usase mi nariz para respirar polvo mágico, haciéndome devolver sangre al baño químico más cercano que encontré cerca de la fiesta electrónica en la cual, había consumido, permítanme decirles, como una hija de puta.

Después de todo vomitar colores no hizo que tuviese más o menos amigos.


Supongo que eso fué madurar. Y entre nos, prefiero la harina de las tortas.

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